martes, 25 de abril de 2017




DEMOCRACIA VERSUS CAUDILLISMO


Por: Nicómedes Sejas T.


La declaración de un grupo de ciudadanos de reconocida imagen pública en defensa  de la  democracia y la justicia ha tenido un notable impacto en la opinión pública y,  de modo muy particular en los oficialistas.
Los firmantes de la declaración admiten que el NO a la re-re-reelección del caudillo del mas fue un mensaje contundente para frenar todo intento de continuismo. Parece que el pueblo tiene una capacidad de comprensión de la problemática sociopolítica en la que se halla inmersa sin necesidad de verbalizarla; en ella no sólo acciona su sensibilidad emocional, sino también cierta lógica por la que identifica la causa de su desasosiego. Pero curiosamente no se percatan de que el mensaje tuvo dos destinatarios: el oficialismo y la oposición. En realidad aquel pueblo, heroico luchador por la democracia, más allá de su encriptado sentido en el que entienden los oficialistas y algunos opositores, no está preocupado por las formas externas y formales del sistema democrático, sino por las anomalías  de una democracia ineficaz para resolver sus problemas socioeconómicos, cuyos efectos cotidianos son devastadores para la mayoría de las familias bolivianas.
El pueblo está descontento, la élite no. El pueblo tiene motivos para estar descontento, la élite no, excepto los perseguidos y los acosados por aparentes causas políticas. La élite no ha perdido sus prerrogativas, su capacidad de ejercer el poder en un manto invisible, detrás de venerables y bien lucrativas actividades como la banca, la agroindustria del oriente, a los que se suman los nuevos beneficiarios, los cleptócratas, los mineros cooperativizados, los cocaleros del Chapare y otros aliados; la mayoría de la población económicamente activa está condenada a subsistir generando autoempleo.
La democracia, sustentada en el principio de la soberanía popular (Rousseau), ha tenido una dramática historia desde su instauración con la República, una larga transición de una democracia colonial a otro liberal, que aún no concluye. Una sociedad fragmentada en ”indios” y “blancos criollos” había privilegiado la ciudadanía y los derechos políticos de los segundos en detrimento de los primeros, y formalmente el poder de los “blancos criollos” tuvo una larga continuidad mediante el voto calificado y desde la década del 50 del siglo pasado con  prácticas clientelares.  El derecho político era privativo de los blancos, los indios eran simplemente ignorados y no podían votar. Las reformas de esta estructura colonial sólo fueron posibles por la lucha de los indios, por la persistente lucha por su ciudadanización. El “voto universal” solo pudo efectivizarse con la participación popular (1994) por la presión del movimiento indígena. Pero los objetivos de descolonización del movimiento indígena, al convertirse en un  discurso indigenista y no en un programa de gobierno, quedaron postergados indefinidamente y junto con ellos los problemas del colonialismo interno quedaron sin resolver.
Es cierto que la democracia que no promueve la alternabilidad y no respeta la independencia de poderes no es saludable; pero si además no tiene capacidad para promover equidad e igualdad socioeconómica es puro colonialismo. En Bolivia, la democracia se ha caracterizado por su sesgo colonialista y en vez de profundizar la igualdad ciudadana y un liderazgo renovador ha engendrado el caudillismo, y una  sistemática resistencia a institucionalizar la democracia intercultural. Aún se invoca la democracia en un sentido ambiguo, el poder como un medio de legitimación del monopolio en la toma de decisiones y la oposición como la legítima defensa del Estado de derecho.  El oficialismo  invoca la democracia para justificar su vocación caudillista, un exceso en la instrumentalización del simbolismo étnico, con fines puramente electorales.
La defensa de la democracia y del Estado de derecho no tiene que ser necesariamente el retorno al viejo modelo, ni la alternativa está en el extremo “neoliberal” porque sí. El MAS, por su vocación  indigenista y su desinterés por la administración eficiente de los recursos provenientes  de los altos precios de las materias primas,  ha frustrado las esperanzas de un electorado que creyó llegado el momento de los excluidos.  El nuevo rumbo de aquel electorado está claro, ya se ha expresado en el Referendo del 21F, platea el nuevo reto de reencauzar el proceso de descolonización.
En esta nueva etapa, el fracaso del indigenismo de izquierda y los problemas  creados por su gestión son la nueva oportunidad para el movimiento indígena y la mayoría electoral, los  únicos titulares del poder constituyente, con potestad para decidir libremente sobre el presente y futuro de la sociedad boliviana.

LP, 19/04/2017





UN LAMENTO TARDÍO SOBRE EL 21F


Por: Nicómedes Sejas T.



Un artículo de Manuel Castells con el título de “La Revolución Cocalera”, interpretado como una crítica al MAS, no es más que una adhesión disimulada de  algún   admirador suyo.

Este artículo es una apología del proceso de cambio y una interpretación errónea del ascenso de los cocaleros al poder. De hecho no es una crítica al gobierno, menos al proceso de cambio ni al socialismo comunitario, sino el reproche al único acierto que tuvo para intentar legitimarse en el poder, el referéndum del 21F. Castells no se refiere a la democracia masista, al corporativismo, al endeudamiento público, a la corrupción, al caudillismo, al centralismo, al control de la opinión pública. Siente como suya la frustración que embarga al gobierno por el resultado del referendo del 21F. Este reproche no puede revertir el resultado de la voluntad popular, y como todo socialista tal vez prefiere que el caudillo del más tenga una larga permanencia en el poder sin importar la democracia ni sus valores. Ignorar el caudillismo es un desinterés velado por la democracia por la que han luchado los indígenas durante generaciones. No se puede luchar contra la democracia del colonialismo interno con sus mismas armas; esa ruta nos conducirá irremediablemente a nuevas formas de exclusión como ya se viven en Bolivia. La nueva primavera democrática que pregona el gobierno ha vuelto a su  vieja matriz colonial; la nueva forma de exclusión es más confesional, separa las militancias entre acólitos y enemigos del socialismo, no hay puntos intermedios. Los primeros son considerados los nuevos demócratas y los segundos sus enemigos. Desde este punto de vista no hay lugar para el pluralismo político, la medida es el socialismo, la simple adhesión al caudillo que supuestamente encarna la utopía colectiva. La admiración de Castells al régimen del mas, inspirada aparentemente en la fuerza del pachacuti, es simplemente la manipulación discursiva de su simbolismo cultural.

En buenas cuentas, el comentario de Castells es una apología del socialismo comunitario, cuyas virtudes las destaca como un logro de verdadero avance para un país que tuvo escasas oportunidades a lo largo de su historia. Coincidiendo con la propaganda oficial atribuye todo el mérito de los cambios señalados a la gestión del actual gobierno. Empezando por la capacidad de los cocaleros que supieron constituirse en la alternativa exitosa frente al neoliberalismo que no hizo más que hundirla en la pobreza y reproducir la exclusión de los indígenas.

Sin duda el comentario apologético del régimen brota de su reconocida simpatía al socialismo,  Castells se siente complacido con su gestión, haciendo  un rápido inventario de sus numerosos aciertos, con el único saldo negativo de haber intentado recurrir a un procedimiento constitucional cuyo resultado fue inesperadamente negativo para el caudillo del mas. Con seguridad, el mismo Castells, en un ambiente de exitismo exultante,  no  se hubiera atrevido a disentir con la sabiduría electoral de la cúpula partidaria del mas.

El prestigio reconocido de Castells parece inhibir  a algunos críticos del gobierno o que por su admiración les pareció una crítica sustancial lo que no es más que un lamento tardío de un ideólogo que comparte con el gobierno no su utopía socialista, sino su frustración. 

LP, 26 de marzo de 2017.

jueves, 9 de marzo de 2017



LEY DE LA COCA: 
¿SOLUCIÓN O SACRIFICIO?
Por: Nicómedes Sejas T.
     Fuente de Imagen:     http://www.semana.com/vida-moderna/articulo/hoja-de-coca-la-mata-que-no-mata/433265-3

La nueva ley de la coca no es una ley más. La historia de la coca se ha convertido en un tema de caracteres estructurales, se halla imbricada económicamente con el desarrollo económico de Bolivia y las condiciones de su inserción en la economía global, y políticamente con un potencial no develado de disputar el poder a los mecanismos vigentes en el marco de la democracia.  
La nueva ley de la coca es la solución al problema de la coca excedentaria ideada por los representantes que han llegado al poder promovidos por la defensa de la coca excedentaria. La lucha de los cocaleros del Chapare fue intensa y sostenida, y por sus rasgos heroicos tiene su analogía con la lucha del movimiento indígena que lucha contra el sistema de exclusión. El movimiento cocalero del Chapare se vio enfrentado a sucesivos gobiernos por defender una actividad que a fines de la década del 80 se había convertido en una verdadera necesidad. Entre las escasas oportunidades, la producción de la coca fue la única bendición de la naturaleza, en un entorno donde la crisis agobiante no dejaba lugar para generar empleo. Las medidas de schok y la relocalización eran un bálsamo para las deficitarias arcas fiscales, pero también una justificación para las soluciones impopulares, porque eran los campesinos y los obreros sobre quienes se cargaba sin dudar el peso de la crisis, ó tal vez era la estrategia más conocida desde la creación de la República, como se recuerda el pago riguroso del tributo indígena, a veces adelantado, para sostener el gasto público. La solución fiscal de Melgarejo fue un ejemplo extremo en que una vez más se recurrió a incrementar nuevas exacciones al indio con la amenaza de rematar sus tierras, su único medio de sustento.
No podemos ignorar que los defensores de la coca excedentaria tuvieron  que trascender el alcance de sus demandas, reconfigurando su lucha en la historia de la lucha de los marginados y excluidos, es decir en la lucha del movimiento indígena. Esta lucha se fortaleció con las reformas políticas de sentido descolonizador, durante la década del 90,  hasta lograr su representación parlamentaria, y  la oportunidad de llevar a sus líderes hasta el poder en  la crisis de representatividad popular de los líderes tradicionales y de sus partidos (2002-2005).
La legalización de la coca excedentaria, es la misma solución que los liberales del siglo XX plantearon para zanjar la pacificación de los beligerantes  Chile y Bolivia,  subordinando el interés nacional a los intereses del poder emergente de los mineros.
Se ha reprochado con razón el entreguismo y la traición de los liberales del siglo XX, y segundo, por subordinar la legislación nacional a intereses sectarios. La nueva ley de la coca retoma la vieja lógica de soluciones indigenistas desde el poder del colonialismo interno: No considera sus relaciones sistémicas. La producción de la coca excedentaria está imbricada con los escasos medios de inserción de nuestra economía con la economía global. Es fácil legalizar lo no razonable desde el poder con mayoría parlamentaria, pero es un flagrante desinterés por ofrecer mejores oportunidades de empleo a la población en edad de trabajar. Alentar la ilegalidad es atentar contra las actividades legales. Su consecuencia es letal, pone de rodillas a los productores de la coca excedentaria frente a la fuerza de la demanda originada en los países desarrollados, que más bien parece una renuncia al discurso  antiimperialista del gobierno. Así mismo, se produce una competencia desigual entre los productos legales y la producción ilegal, cuya rentabilidad ilegal no se transfiere sino marginalmente al sector legal de nuestra economía, debido a su carácter subterráneo. Las informaciones de prensa dan cuenta que la producción de la coca excedentaria se extiende por los umbrales de la pobreza, más allá del Chapare, en los cordones periurbanos, donde también es posible procesar la pasta base. ¿No será esta ley una forma de condenar a los pobres a la actividad ilegal?
Juzgue el lector si la nueva ley de la coca es una solución o un sacrificio.
La Paz, 7/03/2017